Por qué decidimos dejarlo todo y vivir en la montaña asturiana

Cuando la vida cómoda deja de tener sentido

Durante años vivimos lo que, desde fuera, podría considerarse una vida normal y cómoda. Vamos, hacer lo que se espera de ti. Estudia, trabaja, ten un buen sueldo, salidas frecuentes a restaurantes, teatro, conciertos, facilidades, todo al alcance de la mano. Sin embargo, nos dimos cuenta de que algo no encajaba. El ritmo acelerado, el estrés constante y la sensación de estar siempre corriendo hacia ningún lugar terminaron pesando más que las ventajas materiales. Esa vida pesaba mucho, tanto que nos aplastó anímicamente.

Ocurrió como una huida impulsiva que , con el tiempo, me di cuanta de que en realidad había sido una decisión de conciencia progresiva: la vida que llevábamos ya no aportaba valor a nuestra existencia. Si, estaba trabajando. Algo pasó que me hizo cerrar el ordenador, vaciar la taquilla y recoger mi portaminas favorito y mi bolígrafo Bic azul, mis grandes compañeros de trabajo y únicas pertenencias que atesoraba en el trabajo. El paseo hacia recursos humanos se hizo interminable, renuncia voluntaria, preguntas que no quería responder y burocracia. Solo aparecí en la fábrica para firmar los ultimos papeles que me separaban de la libertad, la renuncia a la vida como la conocía hasta ahora. Lo de Anna fue mas heavy. Eso mejor que os lo cuente ella. 

Algo teníamos claro en ese momento de confusión. Queríamos más. Al menos yo, saber qué era capaz de ser y de hacer, las ganas de tener vínculos profundos con el entorno elegido, mi amada montaña.Si esperábamos a la jubilación, probablemente no lo haríamos nunca. Las energías no son las mismas con el paso del tiempo, ni la capacidad de adaptación tampoco. Decidimos apostar por el presente, con ilusión y con respeto, aun sabiendo que no sería un camino fácil. Y no lo fue. Nadie lo entendía ni lo veía claro. Eso daba igual, nosotras si lo veíamos y muy claramente, pese a que llegaron a pensar que necesitabamos ayuda profesional, se nos había ido la cabeza. La cabeza la hubiésemos perdido si no hubiésemos dado ese gran paso que da tanto vértigo, aportar por un cambio radical de vida.

Llegar a la montaña: perder comodidades, ganar sentido

Mudanza y a vender todo para apostar por este proyecto de vida. No había ingresos, el trabajo quedó atrás y solo se avecinaba una gran cantidad de trabajo, pero sarna con gusto no pica. La búsqueda del lugar dónde comenzar de nuevo fue ardua hasta que dio sus frutos. Una larga historia para tomar más de un café (y si no que se lo pregunten a Tomás, Marga y Carmen). 

Instalarnos en la montaña asturiana supuso un choque de realidad. Aquí no había nada resuelto, ni llega con solo apretar un botón para encender la calefacción o abrir el grifo para tener agua. Vivir en un entorno rural y aislado exige implicación, paciencia y una actitud muy distinta a la urbana y aquí sólo había restos de lo que alguna vez fue el hogar de alguien que amaba este fantástico entorno, el de Laura y Tito, más conocido como el bombero, helechos, sartos que llegaban por encima de las rodillas y una pila de basura acumulada que costó muchos viajes al punto limpio de Mieres.

Las vacas y los caballos nos visitaban para darnos ánimos mientras se comían las únicas plantas de tomate, lechugas y pimientos que plantamos en unos antiguos mueble roidos por los ratones y deteriorados por la humedad hostil que rezumaba en cada rincón de lo que una vez había sido una cuadra de vacas de la familia Maseda. Sin luz. Sin agua. Sin calefacción. Solo teníamos ilusión.

Paradójicamente, fue ahí donde empezamos a sentir que recuperábamos algo esencial: autonomía, claridad y una relación directa con lo que nos rodea. Empezó a aparecer la motivación, las ganas de levantarse de la cama para hacer cosas. Ahí empezó nuestra sanación.

Aprender lo que no sabíamos que sabíamos

Trabajando para tener un hogar, nos dimos cuenta de que habíamos desarrollado habilidades que jamás imaginamos tener. Aprendimos a construir, a manejar diferentes herramientas, a mantener terrenos, caminos y estructuras gracias entre otros a Nando y Richo. Nos procurarnos el agua, madera del bosque para calentarnos y…y llego la luz gracias a Marcos. Resolver problemas sin depender del departamento de mantenimiento ni de terceros es muy satisfactorio y enriquecedor. Quizá porque, en el fondo, seguimos siendo homo habilis. Cuando dejamos de vivir en entornos donde todo no viene dado, recuperamos capacidades dormidas. No por heroicidad, sino por necesidad y adaptación.

Una vida más humilde, más consciente y más libre

La vida en la montaña nos llevó, casi sin darnos cuenta, a una forma de vivir más humilde. Menos consumo, menos ruido, menos dependencia. Pero también más atención, más tiempo y más respeto por el entorno. Observar se convirtió en una nueva habilidad. Como cuando te dicen que va a llover una persona anciana. Lo saben. Y con el tiempo, tu también. La naturaleza te enseña si la escuchas.
Aquí el entorno no es un decorado: es el contexto que marca los ritmos, las decisiones y los límites. Y aceptar esos límites ha sido una de las mayores fuentes de libertad que hemos encontrado.


De experiencia vital a refugio regenerativo

De esta forma de vivir nace Ca Luena. Lo de los nombres es cosa de Jara, mi hermana. Ca de Casa, por Tomás (es más asturiano) y Luena por mis sobrinas (Lu-Lucía y -ena de Elena. Y ahí quedó el nombre de lo que no era un proyecto turístico al uso, sino como la materialización de una experiencia real. Un refugio regenerativo en un entorno único, La Sierra del Aramo, en el entorno del Parque Natural de Las Ubiñas-La Mesa, pensado para compartir esta manera de estar en el mundo de forma diferente con quienes la valoran y aprecian. Y después de mucho trabajo y más trabajo podemos decir orgullosas que lo conseguimos.

Y si, Ca Luena es autosuficiente, está aislada en plena montaña y profundamente conectada con el territorio. No intentamos reproducir la ciudad en el campo, sino ofrecer una alternativa consciente, coherente y respetuosa, siempre desde el confort y respeto al entorno.

No es para todo el mundo, y eso es parte de su esencia

Este lugar no es para quien busque bares, restaurantes o supermercados a la vuelta de la esquina (aunque si lo deseas, están a solo diez minutos en coche). La población más cercana, Llanuces (Chanuces en asturianu), se encuentra a 1,5 km y no ofrece servicios de ocio, pero sí regala otras experiencias que no tienen precio: vistas que cortan la respiración, senderos escondidos entre bosques y praderas, y la sensación de habitar un rincón donde la montaña dicta los ritmos y el silencio se siente como el mejor aliado para el descanso. Este es nuestro refugio, el cual queremos compartir contigo. Nosotras no tenemos intención de volver a nuestra anterior vida. Quizás tú que estás leyendo, te lo plantees después de alojarte en Ca Luena.